miércoles, 8 de abril de 2009

Raúl Alfonsín

La muerte del ex-presidente Raúl Alfonsín nos hizo recordar el país que alguna vez todos quisimos y que, por distintas razones, parece que cada vez nos queda más lejos.
Radicales y no radicales se volcaron a la calle a darle el último aliento a este hombre que, saliendo de la noche más atroz de la historia argentina, nos tendió la mano para que camináramos hacia un futuro mejor.
Muchos jóvenes encontramos en aquellos años del resurgimiento de la democracia un hombre que nos hablaba de la constitución y nos llamaba a formar, junto a otros miles, el gran pacto de la defensa de la democracia.
En la edición del sábado 4 de abril, El Clan Esdrújulo comenzó con una editorial dedicada al Dr. Raúl Alfonsín.

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Raúl Alfonsín, que acaba de morir, no es, por cierto, el padre de la democracia, pero si fue el único hombre capaz de ver más allá de su propio interés político, cosa que no es tan frecuente en la política argentina.

Muchas veces, acosado por los militares, la oligarquía ganadera, los sindicatos y la economía, nos quiso salvar del oso abrazándose a él.

Su gobierno, como el de cualquiera que se proponga cambiar algunas cosas, vivió en tensión permanente, entre la audacia y la concesión.

Su política de derechos humanos fue en un inicio valiente y única, con la Conadep y el Juicio a las Juntas, para derivar, luego de tres levantamientos militares, en el Punto Final y la Obediencia Debida.

Cuando Alfonsín dejó la presidencia había siete altos jefes militares condenados a prisión perpetua, 27 procesados, tres condenados por Malvinas y 92 procesos iniciados contra los carapintadas.

Alfonsín hizo cosas que a menudo se olvidan; recompuso las relaciones con Brasil, poniendo la semilla del Mercosur, impulsó la primera, y hasta el momento única, consulta popular de la historia argentina, avanzó en el control civil de las Fuerzas Armadas y lanzó los primeros planes sociales masivos, porque era también el primer momento en que se reconocía a la pobreza como un problema nacional. Entre una y otra decisión, protagonizó una relación conflictiva con lo que algunos llaman poderes fácticos: la Iglesia, los sindicatos, los militares, el gobierno estadounidense y, al menos al principio, los empresarios.

Confrontaba con las corporaciones, discutía de cuerpo presente con los que lo rebatían: se encaramó a un púlpito para regañar a un cura, lo refutó a Ronald Reagan en el corazón del imperio, y al presidente de la Sociedad Rural en Palermo.

Con el índice en ristre, ceñudo e implacable, reivindicaba ser la izquierda posible.

La democracia del 83 no la inventó Alfonsín, pero no había otro hombre que pudiera comandar esa pesada transición, aún a riesgo de su buen nombre y honor.

Alfonsín no sufrió el poder, como De la Rúa, pero tampoco lo disfrutó con ese placer rayano en la perversión típico de Menem.

Raúl Alfonsín fue un hombre bueno, íntegro, que nos recordó que podemos tener la esperanza de ser libres, pero que la libertad sin justicia no existe y nos tendió la mano para que caminemos juntos.

Así lo sintieron muchos argentinos que le brindaron el mejor homenaje, respeto y reconocimiento.

Bienvenidos a El Clan Esdrújulo, esto es radio para escuchar.


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